AMIGOS Y AMANTES

G, o la imposible coalición entre el whisky y el control de los sentidos


 

Normalmente, cuando alguien tarda mucho en contestarte en el messenger, te sueles desesperar y sueles cerrar la ventana de conversación para ocuparte, bien de otras conversaciones, bien de otras tareas más productivas que siempre las hay. Esto es lo que me ocurrió al principio con G. Cada vez que le hacía una pregunta tardaba una eternidad en contestarme. Poco podía imaginar que iba a ser uno de los cibeamantes más duraderos que iba a tener, y uno de los que con más ganas esperaba cada vez que iniciaba sesión. G tenía un problema inicial para esto del cibertonteo: no sabía escribir en un teclado. Y cuando digo que no sabía no me refiero a que no sepa poner bien los dedos y dirigirlos con presteza a las diferentes teclas, habilidad sólo reservada para quienes en su momento dimos mecanografía. Me refiero a que nunca en su vida había visto la disposición tipográfica de un teclado y que buscar las letras para él era tan difícil como lo sería para mí hacerlo en un ordenador con los caracteres en cirílico. A pesar de eso, sus frases, escritas con la torpeza de quien no se ha entranado en la lógica de los teclados, rezumaban energía. Al principio eran cortas. Luego se fueron haciendo más largas. Después de unos cuantos meses le enseñé a no escribir testamentos a riesgo de que el receptor se desesperara de ver en la pestaña de abajo durante más de tres minutos “G está escribiendo un mensaje”. Le comenté que era preferible soltar el mensaje frase a frase. Recuerdo que nos cachondeamos de eso soltando nuestro siguiente mensaje sílaba a sílaba. La utilización de la ironía y el sarcasmo han sido fundamentales para que haya mantenido una fluida comunicación con G, a pesar de las dificultades motóricas iniciales por parte de él.

Íbamos a quedar en Navidad. Decidí posponer esa primera cita por la misma razón por la que he pospuesto otras citas iniciales con otros amantes: necesito un respiro antes de comenzar algo, aunque sea simplemente echar un polvo. Necesito primero tontear con la persona en cuestión. Tengo probado que, así de esta manera, los encuentros luego son más intensos y mucho mejores. No hay nada como follar con alguien que previamente se ha quedado con las ganas. No es que me lo haya propuesto, pero así sin querer es lo que hice en su día con D, luego con S, de Albacete, y también con G. Con R alguna vez he tenido también amagos de anular citas para luego vernos y resarcirnos pasionalmente de cualquier reparo inicial que hayamos podido tener.

Quedar con G ha sido, y siempre será, difícil. Él, al igual que yo, está en una relación. A diferencia de mí, no tiene una relación declaradamente abierta, y al parecer su novio, con quien lleva 9 años, es algo celeso. Pero estas son razones para que nos viéramos con frecuencia en vez de de uvas a peras como creo que va a ser. La verdadera razón para nuestros espaciadísimos encuentros es de índole pragmática: no sabe conducir. O sea, no puede, en un momento determinado coger un coche y presentarse en mi casa en cuestión de media hora cualquier día de la semana y cocinar una excusa verificable a ojos del celoso marido. Nuestros encuentros dependen de nuestra disponibilidad un solo día de la semana, que no es el tampoco el más indicado: los viernes. Quizá por eso hemos desarrollado una intimidad cibernética bastante especial: porque sabemos que nuestra relación va a transcurrir más a través de la electrónica que a través del cara a cara o el sexo a sexo.

A pesar de las dificualtades, nos hemos conseguido ver una vez. Fue el pasado martes santo. La semana santa siempre me ha puesto bastante. Mi personal tributo a la semana de pasión es ejercitar la pasión que mejor se me da. A mi no va el rollo masoquista de los nazarenos de ir arrastrando los pies desnudos, recogiendo llagas en las plantas o latigazos autoinfligidos en la espalda. Yo soy mucho más tradicional que estos monaguillos del sufrimiento. A mí me pone mucho más el rollo de colchón y cama de toda la vida. Todavía recuerdo polvos memorables en semana santa, como el que tuve con P aquella noche de tambores y bourbon en Tobarra hace ya más de una década. Pero eso debe formar parte de otro post. En Martes Santo los tambores no sonaron porque la Semana Santa no es parte del repertorio del desenfreno local, como son las fiestas de moros y cristiano o la llamada retreta. Era un día de gran movimiento en la estación, sin embargo. Se notaba que muchos iniciaban ese día sus vacaciones. Al ir a recogerlo no puede evitar acordarme de previas citas en las el tren había sido un vehículo fundamental. No sólo me acordé de R, este verano pasado, sino también de ese primer acercamiento en aquel tren de Barcelona a Cartagena con mi tocayo marinerito, o aquellos trenes de cercanías que me acercaron a S, Ga o JC en su día. Recuerdo que le llegué a rendir tributo a la escasa red de cercanías de la Región de Murcia, por haber dado la casualidad que mis correrías amorosas de los veintipocos anduvieran sobre raíles cuando yo aún no sabía cómo se agarraba un volante, y ni falta que me hacía.

Eso debía de pensar G. A sus 34 no había tenido tiempo (manda huevos) ni ganas de sacarse el carnet. Enseguida entendí que el momento que íbamos a tener esa lluviosa tarde en casa iba a ser inusual, así que era mejor que lo aprovechásemos a tope. Antes de ir a recogerlo me acerqué por Mercadona a comprar una botella de Ballentines, ya que desde que descubrí hace la tira de años el bourbon, no soy precisamente parcial a la bebida escocesa. Al cruzar el umbral no pude evitar acordarme de cuando lo crucé en compañía de otros hombres como R o D, momentos en los que el desgarre textil había sido inmediato. Pero G llevaba otro tempo. Estar con otro tío que no fuese su pareja en una situación distinta al sexo anónimo le superaba. No era a lo que estaba acostumbrado. Lo primero que hicimos fue ir a comprar Coca-cola para mezclar con el Ballentines. Me había tomado la última lata que había la noche anterior y no me había acordado en reporner. Cuando volvimos estuvimos escuchando el CD de Madonna de su última gira que él había traído. Me había avisado esa mañana que era fan, y yo le había comentado que a mí la diva me gustaba a ratos, sobre todo algunos discos como el último. Mientras él hablaba yo le contemplaba más que escuchaba. Me acordaba de algunas escenas de Annie Hall en las que los Woody Allen y Diane Keaton hablan de naderías y abajo aparecen subtítulos revelando las ganas de hacer el amor que ambos personajes sienten. Mientras él hablaba yo sólo pensaba en desnudarlo y en besarle la boca. Acerqué mi pierna a la suya, mis espaldas dejaron claro que lo que no buscaban era el respaldo del sillón, sino un acercamiento a su cuerpo. Pero él se mostraba impasible, aparentemente. Hablaba y hablaba y a mí me gustaba escuchar el sonido que profería. Supongo que el que fuese coherente e interesante el mensaje contribuyó a que me lo quisiese tirar allí mismo.

Sin embargo, no fue en el sofá, sino en medio de mi habitación cuando conseguí cogerle casi desprevenido. Le agarré de los hombros, y junté mi boca con la suya buscando su lengua que al final, a pesar de sus dudas, encontré. Se le notaba nervioso y eso, lejos de echarme para atrás, me encendió. Recordé la renuencia de G hacía más de trece años cuando descubrió conmigo el sexo con amor. Esto que llevábamos nosotros entre manos era menos trascendente pero en el sexo los recuerdos y los paradigmas enterrados hacen que cobremos inusitada energía en situaciones inesperadas.

Volvimos al sofá con la intención de inaugurar la tercera hora de conversación. Esa debía de ser su intención al menos. Sin embargo, nuestros cuerpos ardían y la ropa sobraba y las ganas de proximidad física se impusieron a cualquier reparo. Me sorprendió la fuerza con la que empezó a hacerme el amor, tan contraria a su inicial reticencia.

Con él inauguré las bombillas rojas que habíamos comprado M y yo en Ikea la semana anterior. También inauguré una relación física entre agradable y fogosa que espero que continúe, aunque tenga que ser de forma tan espaciada.

29.4.07 20:16, comment

R Y EL SEXO DE UNA TARDENOCHE DE VERANO

 

 

 

 

R es un chico al que conocí el verano pasado. Mi experiencia en el ciberqueda era todavía minúscula. Comencé a chatear con él tres semanas antes de que nos viéramos y folláramos por primera vez como salvajes. El día en el que me entró (o le entré yo a él, no recuerdo) fue un día en el que él estaba aún viviendo en una ciudad diferente a la suya, en una época en la que estaba a punto de regresar a casa de sus padres. Yo estaba en casa intentando acabar mi tesis. Él, en un ciber o en su centro de trabajo, no lo recuerdo. Lo conocí, como conocemos a mucha gente en esta vida, fruto de la extraña combinación que hay entre el deseo y la casualidad. En el ciberespacio hay multitud de tíos que tienen ganas de obtener una cita contigo, pero al final terminas quedando con unos cuantos, y de esos terminas follando con unos pocos.

Durante el chateo, me pareció un chaval prometedor en muchos sentidos. Tenía sentido del humor, era capaz de petardear sin problemas, me seguía los comentarios ácidos y contribuía a ellos con otros aun más ácidos. Además, se fue paulatinamente creando un clima de deseo entre los dos. Anticipábamos escenas, describíamos con detenida prolepsis nuestros encuentros, nos prometíamos acercamientos… Vamos, que en dos o tres veces de estar chateando estábamos deseando follar como sabíamos que íbamos a hacerlo.

Era una tarde de agosto, no hace falta añadir que era calurosa. El tren regional venía puntual. Unos minutos después de haber llegado a la estación vi a un chico de media melena rizada caminar hacia mí. Estábamos nerviosos y los dos tratábamos de disimularlo hablando. Lo tuvimos fácil. Ninguno de los dos encontraba problemas en encontrar puntos de conversación. Enseguida nos dimos cuenta de que había buen rollo, pero para cuando la conversación se estaba poniendo interesante, llegamos a la cochera de mi piso. Nada más entrar en el ascensor, nos cogimos y empezamos a besarnos. Nos gustó el gusto de nuestras bocas. Al llegar al piso no tardamos nada en dar cuenta de nuestras desnudeces. Describir el encuentro con detelle sería un buen ejercicio de pornografía, pero la pornografía escrita siempre me ha aburrido, salvo cuando a la edad de dieciocho años leía con frucción las sexesperiencias de los lectores de la revista de contactos gay MENsual, la cual me catapultó a la socialización del deseo. Estuvimos follando toda la tarde y toda la noche y parte de la mañana. Con esta frase se resume la intensidad del encuentro estival con R. Previamente esa semana había estado con D, de Alcoy, aunque también con A, de Elda y con J, de Villena. Todos esos encuentros habían sido apasionados y tórridos, cada uno a su manera. Con D, era la segunda vez que nos veíamos y ambas ocasiones nos faltó boca para comernos. Con A, los abrazos fueron más tibios pero no por ello menos tiernos. Además, tenía un culo delicioso como un pastel. Con J disfruté de la represión que tenía como hetero con novia; cuando esa represión se convierte en ganas de follar en un momento concreto es un torrente. Como también había estado con M en Madrid y con un chico mejicano cuyo nombre nunca aprendí en la sauna de la calle Fuencarral, puedo decir sin lugar a dudas que me encontraba en mi semana dorada de la follesca y la pasión. No recordaba nunca haber follado antes tanto y tan bien. Por primera vez en mi vida me sentía libre follando. Atrás quedaban los calentones de cabeza de cuando tenía veintipocos y diecitantos, cuando un encuentro sexual era el precedente de un enamoramiento intenso y complicado. Por primera vez en mi vida podía separar sexo y amor sin que el sexo fuese necesariamente anónimo, como suele serlo en cuartos oscuros y saunas de los que ya me había empezado a cansar.

R fue el mejor, sin duda, y eso que el nivel estaba alto. La tarde después de estar con él elaboré una lista de los mejores diez polvos de mi vida que se encontraba copada por el que acababa de echar con él. Revisándola nueve meses después puedo afirmar que si tuviese que rectificarla sólo lo haría con otros encuentros que he vuelto a tener con él, sobre todo con el primer polvo de El Campello, ciudad dormitorio de mis correrías sexuales últimamente.

¿Por qué me gustó tanto follar con R? Normalmente cuando tienes una cita de una intensidad inesperada, ese intensidad que encuentras la multiplicas por cuatro o por cinco. Pero eso dista mucho de serlo todo. En el caso concreto de R, fueron sus ganas contagiosas de no acabar, la multiplicidad de sus besos polimorfos que se adaptaban a cada situación y a cada exigencia. Y las tragaderas de su culo. Nunca antes había encontrado a alguien a quien le gustara tanto que le dieran por el culo de forma tan continua, con lo que nunca antes había sentido tantas agujetas en las caderas de tanto moverlas follándome un ojete tan insaciable. Pero esto tampoco es todo. Me gustó tanto follar con él porque pareció que el momento fue único. Llegó un instante en el que todo excepto nuestros cuerpos se paró. Fue un instante de los que se suelen llamar mágicos. Mucha gente cambia sus vidas por ellos, sin que ello implique una exageración. Llegó un momento en el que la saliva, el sudor, la respiración, el semen compartido en los poros de nuestra piel y eso que los científicos llaman endorfinas se coaligaron para formar una armonía erótica a la que es difícil llegar unas cuantas veces en la vida. Es más fácil alcanzarla cuando ya estás enamorado, como me pasó a mí unas cuantas ocasiones al principio de mi relación con M o con A, pero cuando apenas conoces a la persona sólo te ocurre dos o tres veces en la vida. A mí me sucedió con S, en los albores de mi historia sexual. Por aquel entonces me enamoré perdidamente. El verano pasado me ocurrió con R. Y disté mucho de enamorarme. No sé si alguna vez me volverá a ocurrir.

No me enamoré de él, aunque en circunstancias normales me hubiese pasado, porque estaba enamorado ya de M, como lo he estado en los últimos siete años de mi vida.

3 Comments 29.4.07 20:14, comment