ESTE MUNDO NUESTRO

Alivio electoral.

Hace unos años me decía mi amiga Belén, en uno de los numerosos viajes que hacíamos a Albacete para asistir a alguna reunión de mi antiguo partido, que era una pena que los altos cargos de ese antiguo (y ahora casi extinto) partido se estuvieran perdiendo mis dotes de analista y previsor electoral. Recuerdo que en plena campaña de las generales de 2004 le dije que me olía un atentado. Lo que nunca me imaginé fue que iba a ser la atrocidad que todos recordamos y que iba a ser uno que a la postre iba a propiciar el desalojo de la peor derecha de nuestra historia reciente de la Moncloa. En fin, menciono esto porque parece que esta vez me he equivocado. Le comentaba a una destacada dirigente de mi nuevo (y triunfante) partido que este año iba a haber abstención, pero que por primera vez en la democracia la abstención iba a venir por la derecha. Yo estaba casi convencido de que el discurso extremista del PP iba a alejar a muchos votantes conservadores moderados de las urnas, ante la ausencia de un verdadero partido de derechas con convicciones democráticas. Debía haberme imaginado que todo ese electorado, mucho más numeroso que la rancitud derechona que impera en el seno de la gaviota, iba a hacer justo lo que Gallardón hizo: callarse, joderse y obedecer.  Quizá haya que esperar al surgimiento de una derecha rebelde en este país, aunque mucho me temo que rebeldía y derechidad son incompatibles en el ámbito político.

Por eso es un alivio que, a pesar de que la derecha callada y jodida ha obedecido y ha votado en masa según las directrices más extremistas de sus dirigentes, no ha conseguido vencer en un país cada vez más polarizado entre dos formas muy distintas de ver España (¡qué novedad!). La derecha ha vencido de forma indiscutible en mi levante natal, con todo el dolor que eso me ocasiona. Uno de los mensajes que recibí la noche triunfal del 9 de marzo fue de mi amigo Juanfra en el que se congratulaba de la victoria de nuestro ZP pero se lamentaba al mismo tiempo de que el PP hubiera obetnido 7 de los 10 diputados en liza en la circunscripción de Murcia. ¡Qué horror! Murcia, con lo hermosa que eras con tu huerta ahora sepultada en el cemento del mundo según Polaris. También ha triunfado la derecha de la España única, grande y ¿libre? en ambas Castillas y en una vez más atrincherada Madrid. Pero ha perdido en aquellas autonomías que cuestionan la unicidad de España, curiosamente las más pobladas y las que más escaños reportan: Canarias, Cataluña, el País Vasco, Andalucía, Islas Baleares…, y además se ha visto muy debilitado en otras plazas tradicionalmente fuertes como Galicia en las que el cambio generacional está regenerando la forma de ver la política más allá del caciquismo.

Es un alivio, pues, que mis predicciones en torno a la abstención no se hayan cumplido. Porque de haberse producido habría dado la victoria al PP, el partido que con casi los mismos votos que consiguió el 9 de marzo, obtuvo una mayoría absoluta ocho años antes.  Está claro que en este país los que tenemos que estar alerta somos los que no nos queremos ni callar ni joder ni obedecer ante cualquier consigna. La izquierda debe estar vigilante para no caer en la abstención, ni siquiera cuando cada vez quedan menos partidos de izquierdas.

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Los monstruos como respuesta a la imposibilidad de entender la complejidad humana

Acabo de leer en la edición de El País digital de hoy 7 de junio la noticia sobre este bilbaíno de 36 años afincado en Londres, Alberto Izaga, quien aparentemente llevaba una vida perfecta... hasta que ha matado a golpes a su niña de tan solo dos años. Alberto era un alto ejecutivo de una empresa líder en el sector de las aseguradoras, tenía un sueldo de 750.000 euros al año (más de veinte veces lo que gano yo), y un lujoso apartamento junto al Támesis, al parecer el mismo en el que se desarrollan algunas de las escenas más familiares de la obra maestra de Woody Allen Match Point. En el artículo se hace énfasis en la aparente normalidad del sujeto según sus amigos más cercanos. Y es precisamente en esa cocinada normalidad donde yo empiezo a sospechar.

Para empezar, nadie puede llevar una vida normal si a cambio cobra la friolera de 750.000 euros anuales. Lo que ocurre es que a los medios de comunicación les encanta insistir en la aparente normalidad de los asesinos, ya sean maltratadores domésticos o psicópatas. Bien es cierto que, dada la poca profundidad que normalmente suelen tener la relaciones humanas, esa normalidad puede engañar a más de uno. Yo trabajo con personas a diario y veo miserarias y alegrías humanas todos los días. También veo que la gente se esfuerza en tapar aquellas cosas que les separan de la ansiada normalidad, verdadero bálsamo encubridor de las múltiples (y a veces poco deseadas) facetas del ser humano.

Pero yo no me trago que Alberto Izaga fuese una persona normal, así como tampoco que en él habitara el espectro del Dr Jackyll y Mr Hyde, respetabilísimo de día y monstruoso de noche. Lo importante aquí es comprender que los seres humanos somos demasiado complejors, y que la sociedad del siglo XXI es mucho más compleja y mucho más caótica de lo que somos capaces de comprender. Además, las exigencias que esta sociedad nos impone nos obligan a crear monstruos si queremos estar a la altura, bien porque no producimos todos los beneficios que nos exige nuestra empresa, bien porque la imagen de éxito que queremos proyectar no es lo suficientemente rutilante. El estar leyendo en estos momentos American Psycho, de Brett Easton Ellis, me ayuda a comprender el cariz destructor de una persona como Izaga. Tanto él como Bateman, el protagonista de la novela de Ellis, sufren un cortocircuito con las demandas humanas de sus entornos respectivos por culpa de otras demandas, feroces, inhumanas, de una maquinaria productiva que les convierte en personas de éxito por fuera y en monstruos voraces por dentro.

 

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Por qué odio al PP, parte I

Desde hace cinco o seis años he convertido la discrepancia en odio hacia unas siglas, que no hacia una ideología, que por supuesto no comparto y que, por culpa de esas siglas y de otros exponentes europeos como Berlusconi o Sarkozy, me cuesta cada vez más respetar.

El odio, como el amor, es algo que hay que intentar racionalizar. Es la única manera de que se convierta en un sentimiento inteligente, si se admite la contradicción. En este caso necesito poner por escrito por qué se me revuelve el estómago, o por qué me entran ganas de quemar el televisor, cada vez que por él salen reptiles como Zaplana, Acebes, Esperanza Aguirre o la sombra del enano con bigote.

Para empezar los odio, porque son la continuación del franquismo por línea familiar, que es la línea temporal que el antiguo régimen siempre ha utilizado como lógica del paso del tiempo. Trillo, Mariscal de Gante (ministra de nosequé en el primer mandato de Aznar I), Acebes, Aznar I, Esperanza Aguerrida o Michavila el Creyente, son sólo algunos ejemplos de vástagos de hijosdeputa que hicieron posible el franquismo desde posiciones ministeriales u otras sinecuras de más baja estopa. Por supuesto, no se nos puede olvidar el padre de toda esta estirpe dinástica: Fraga el Eterno, sólo que éste no es hijo, sino padre y espíritu santo del antiguo movimiento nacional embalsamado en vida para gloria de los gallegos y senadores de todo el reino. No obstante, los personajes no serían lo más importante en la continuación de la saga si no fuera porque la acción tiene los mismos ingredientes: nacionalcatolicismo a marchamartillo, coalición de intereses con el mundo empresarial y obsesión compulsiva en capitalizar la idea de España como algo ultramundano, anterior incluso a la formación del mismísimo universo.

Para continuar, los odio porque son los estandartes de la mentira mediática, actualizada hace cuatro años en arma de distracción masiva a propósito del desmadre de las Azores y la espantosa guerra de Irak. Para ello han hecho suya la frase de Goebels, antiguo ministro de propaganda en Alemania durante el III Reig: repite una mentira tantas veces como haga falta y al final se convertirá en verdad. Para ello los de la doble P se sirvieron de los servicios de la Urraca Urdaci, convertida a la sazón en pregonero oficial, aparte de acaparar debetes, tertulias y demás programas de información con periodistas afines. Nunca jamás había sentido tanta desesperación y vergüenza al ver un telediario como las que sentí hace tres y cuatro años apropósito de asuntos como la Huelga General, el desastre del Prestige, la guerra de Irak, la tramitación de leyes como la LOCE, el golpe de Estado institucional en la Asamblea de Madrid, y por supuesto, el horrible atentado islamista del 11 de marzo. Estos son sólo algunos ejemplos de cómo la doble P intentó manipular a la opinión pública reduciendo sus informativos única y exclusivamente a la visión oficial que favorecía los intereses del gobierno de turno. De esta manera, asistí, espantado, a la mayor masacre mediática que ha sufrido la democracia española. Me di cuenta que en el mundo contemporáneo los golpes de estado con pistola tipo Tejero ya no son necesarios. Lo único que hace falta es hacerse con los medios de comunicación para cocinar la única verdad que quieres que los ciudadanos conozcan. Y eso, princiapalmente, más allá de la mala gestión en otros asuntos, fue lo que más me asústó de la doble P: su infinita capacidad para dejar sin valor real a la democracia.

Por otra parte, los odio con todos mis higadillos porque son los principales responsables políticos de que nuestros ecosistemas, tanto naturales como urbanos, estén degradadísimos. Ellos son los responsables del peor y el más insotenible desarrollo urbanístico de toda Europa, de que nuestras costas sean parajes desolados por el cemento y la especulación, de que el turismo de interior esté encaminado exclusivamente a resorts de lujo con imposibles campos de golf, de que las ciudades en las que gobiernan cada vez haya más coches y contaminación y menos servicios públicos de transportes, de que no se rehabiliten zonas históricas sino que se deje que se degraden con el único fin de especular, de que confundan progreso con destrucción urbanística y natural.

Finalmente, (por ahora), los odio por su pertinaz homofobia.

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