OTRAS CONFESIONES DE UN ATEO FURIBUNDO

Reencuentros con el deporte

Esta mañana, en el trabajo, me he encontrado con Rufo antes que con nadie. Lo primero que he hecho ha sido darle las gracias por la amabilidad que tuvo al regalarme una entrada para ver el partido que enfrentaba a la Unión Deportiva Almansa con un equipo de la frontera burgalesa dentro de la fase de ascenson a la insoportable y anodina Segunda División B, aunque a tenor de la insistencia que mostré para ir a ver el susodicho partido cualqueira pensaría que estoy escribiendo una sociología sobre las infradivisiones del fútbol español. Cuando me enteré que P y R iban a ir a animar a nuestro supuestamente nihilista compañero se me hizo el culo pepsicola como suelen decir en la meseta meridional, y no sólo porque añore la compañía de todos estos amigos, sino porque el fútbol es algo con lo que poco a poco me voy reencontrando. Ya he admitido que es un producto de la envolvente sociedad de consumo nuestra, y que el valor deportivo es sólo una excusa para que uan panda de empresarios y publicistas se forren. Ahora lo que quiero es rescatar aquellas cosas de este deporte que son dignas de salvar y que me retrotraen a mi infancia, adolescencia y parte de mi edad adulta. Ayer fui a ver un partido de fútbol en directo por primera vez en más de 10 años. El último había sido un encuentro en Segunda B entre el Murcia y el Cartagena. Este año que viene, aprovechando que los primeros estarán en Primera y en estadio nuevo lo mismo me da por ir con Antonio, el flamante marido de mi madre.

El otro reencuentro lo he tenido hoy jugando al tenis. Desde que estuve en Alcaraz en mis comienzos como docente no había cogido una raqueta. Hoy he vuelto a pegarle golpes a la pelota con un compañero bastante agradable de Tecnología que me propuso hace ya algún tiempo la idea. Me he sentido patoso, como no podía ser de otro modo. Aun así, los recuerdos de adolescencia, cuando montado en una bicicleta me iba con JA Totajada y Andrés Felipe a las pistas ruinosas de un club de tenis abandonado de las afueras, me han invadido. Fueron meses de duros reveses y repentinas directas, en los que la bola iba de una pista a otra impulsada con nuestras energías sudorosas de chicos de 17 años y la incertidumbre que daba la inexperiencia. Qué lástima que algunos de esos partidos, sobre todo los que jugué a solas con JA, no durasen hasta el alba. Seguro que hubiésemos hecho una buena pareja.

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Cena de graduación y conversaciones sobre la muerte de lo normal

El otro día estuve en la graduación de mis muchachos de la ESO y Bachillerato. Fue una ceremonia emotiva y larga, en la que fui agasajado con varios premios y regalos en reconocimiento a mi labor docente dentro y fuera del aula. Nunca supe en su momento cuán importante el viaje a Londres iba a ser para un grupo de muchachos de apenas 17 años que acaban de empezar a conocer el mundo. Pero ahí estaba uno de los premios más merecidos, Mr London, menuda machada!!

La noche estuvo salpicada de alcohol, como no pudo ser de otra manera. Son de estas veladas en las que te encuentras con los alumnos en otro contexto, en el que verdaderamente se nota la confianza humana que te has ido labrando con ellos más allá de las exigencias académicas. Y como el alcohol relaja las defensas y potencia las confesiones, allí estábamos mis más cercanos alumnos y yo, hablando tanto en castellano como en inglés de fútbol, Dios, el follisqueo y el amor. Me sorprende y me congratula obervar los pocos prejuicios que tienen ante ciertos temas, así como me preocupa las inseguiridades que les asolan en otros. Pero todos hemos tenido 17años, y tan seguros hemos estado de cosas de las que un mes después no dudamos en poner en tela de juicio si la inteligencia nos acompaña. Es lo normal cuando se es joven, y la inteligencia rebasa en poco a la insolencia.

También fue un momento propicio para hablar con otros colegas de profesión. El día a día en la sala de profesores se presta bastante poco a ciertas confesiones acerca de las relaciones de pareja. Apoyado en la barra, conversé con P, el profe de educación física y compañero de borrascas sentimentales de mi queridísima amiga R. A medida que hablo con gente poco convencional me doy cuenta el daño que las exigencias sociales le hacen a mucha gente en lo que respecta a las relaciones de pareja. Las exigencias sociales te impelen a mantener una relación monógama, y a ser posible, eterna. Eso es algo frente a lo que algunos nos rebelamos como mejor podemos, pero otros agonizan en el intento sin saber contra qué están luchando. Conozco a muchas parejas, la gran mayoría heterosexuales, que estarían de puta madre si ambos se permitiesen un respiro y no sacralizaran tanto el sexo.

Michael Foucault tenía razón cuando decía que el espíruto vicotoriano todavía se encuentra entre nosotros porque aún no hemos superado el deseo de hablar del sexo como algo que debemos regular. La sociedad ha estado regulándolo desde siempre, quizá en los últimos dos siglos con más insistencia que antes. La sociedad lo ha convertido en pecado, en crimen, en enfermedad. Y hoy en día estamos obsesionados en regular aquellas prácticas nocivas para la pareja. El sexo siempre debe practicarse en pareja para que la pareja vaya bien. Ha de practicarse equis veces a la semana. El problema es que los discursos públicos sobre el sexo son muy poco diversos para la cantidad de parejas, hetersexuales y homosexuales, que hay. El mismo discurso no engloba el deseo de todos, y así, hay parejas que deciden compartir otras cosas y dejan el sexo para otros. Luego hay otras parejas que siguen compartiendo el sexo, pero que no se cierran a nuevas experiencias. Y, aunque parezca mentira, también las hay que son monógamas por propia iniciativa (de estas, conozco pocas, la verdad).

P y yo estuvimos hablando de la tiranía de las convenciones, que algunas veces inopinadamente asumimos, y de las que tanto trabajo nos cuesta deshacernos. Estuvimos poniendo en tela de juicio la monogamia y lo absurdo que para algunas personas como nosotros es, así como la riqueza personal que hay en las relaciones abiertas y consentidas en las que lo importante es que siempre hay algo aparte del sexo que compartir y disfrutar.

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El (buen) paso del tiempo y la profesión

Hace diez años empecé a trabajar en una profesión que ya por aquel entonces comenzó a estar maldita entre los medios de comunicación y entre los dimes y diretes populares. Ser profesor de secundaria se antojaba una empresa cuanto menos imposible, las más de las veces ingrata, estresante, mal valorada. Cuando decías por ahí a qué te dedicabas la gente, ignorante casi siempre, te miraba como si en realidad fueras un miembro de los GEOS. La culpa de todo parecía tenerla la reforma socialista, la vilipendiada LOGSE, origen de todos los sufrimientos y pesares de todos los profesores de instituto que, en sus edénicas rémoras, una década antes habían disfrutado de su profesión como si hubiesen sido miembros activos de la academia de Platón. La logse había traído caos e ignorancia a lo que antes era armonía y una sapiencia sin igual entre los aplicados alumnos.

Cuando en 1996 comencé a trabajar en esto de la secundaria comencé con el lógico temor de enfrentarme a una clase de 30 indisciplinados que, según contaba la leyenda urbana, sólo iban a tener el propósito de hacerme la vida imposible. En seguida me di cuenta que la cuestión no iba a ser enfrentarme a nada ni a nadie. La primera vez que entré en un aula de un instituto público (antes había sido acosado laboralmente en uno privado, pero entonces yo ni siquiera conocía ni el concepto ni la expresión “acoso laboral” ) me sorprendí al ver las caras de mis alumnos, asustados y pendientes de un nuevo profesor joven que durante nueve meses iba a ser su tutor en un medio tan novedoso para ellos como para mí. Fue en Alcaraz, en la sierra albaceteña, y todos aquellos críos de catorce años habían venido de sus villorrios al villorrio mayor de la comarca para, según decían sus mayores, hacerse personas de provecho. No atisbé la más mínima intención de hacerme la vida imposible rompiendo ventanas, colocándome chicle en las sillas o irrumpiendo en repentinas tormentas de bolas de papel como yo me imaginaba que aquello podía ser. Por el contrario, vi a chicos confundidos y deseosos de que alguien mayor que ellos les ayudase a descifrar en qué mundo vivían. En seguida me percaté que el inglés que yo les enseñaría sería la excusa, o en el mejor de los casos, el instrumento, para vehiculizar una visión del mundo lo suficientemente amplia y plural que les ayudase a situarse. Pronto me di cuenta que enseñar una asignatura no es otra cosa que presentar cierto orden de madurez al caos propio de la adolescencia.

Y no me fue mal a tenor del aprecio que mis alumnos me cogieron y yo les cogí. Recuerdo que el día de mi cumpleaños, por el mes de mayo cuando ya nos conocíamos y habíamos peleado lo suficiente, me hicieron una fiesta que para mí fue todo un homenaje. Me sentí muy halagado por ello, muy emocionado y temeroso de que eso nunca más me fuera a suceder. Es normal que lo hagan siendo yo un profesor tan joven que entiende sus inquietudes, pensé. Desde entonces no volví nunca más a decirle a ninguna clase cuál era el día de mi cumpleaños por temor a enfrentarme a la indiferencia. Este año, sin embargo, les dije a mis alumnos de 2º de Bachillerato, con los cuales he estado tres años desde que los cogí en 4º de la ESO, cuál era mi efemérides. Cuando el martes entré a clase Alcaraz volvió a mi memoria, diez años después. Esta vez me habían hecho un cartel que rezaba “Happy Birthday, Óscar”, y lo mejor, una tarta con la foto oficial del viaje que hicimos en marzo a Londres. Me puse a pensar en los alumnos que he tenido durante diez años. No entiendo por qué dice la gente que esta es una profesión ingrata. Aunque estas cosas te pasen de diez años en diez años la convierten en la mejor del mundo.

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Eurovision 2007, o el lado lésbico del gay appeal

 

 

 

Yo en esto de Eurovisión llevo ya más de dos décadas de primaveras. Desde que vi ganar por a Bucks Fizz por allá en el año 81 (España llevó una canción horrosa, por cierto) he visto cómo este festival ha ido cambiando y se ha transformado en una pasarela posmoderna de la canción en la que cabe de todo: desde baladas balcánicas (como la que ha ganado este año), rythm 'n blues, petardeo de toda la vida, puestas en escena grotescas, fusión de estilos, canciones típicamente festivaleras (ya no se llevan, por cierto; Sandra Kim no se hubiese comido una rosca en este siglo), hasta los más diversos folclores nacionales que últimamente son de lo más variopintos.

Este año no he podido ver el festival en directo. Me ha coincidido con la primera parte de la tetralogía wagneriana. Después de contemplar la reinterpretación que la Fura dels Baus ha hecho de la gigantesca ópera de Wagner, ver al día siguiente el festival de Eurovisión se podría considerar como un contrapunto inadmisible. Sin embargo, hay que aproximarse a la estética eurovisiva con cierto talante reinterpretativo, con un afán de descodificar los iconos que desfilan año a año, canción tras canción con el único fin de ganar.

Y para ganar en Eurovisión hay que atraerse el voto más codiciado de todos: el voto gay. Nadie puede negarlo. Si por allá por los años cincuenta las radiotelevisiones de seis países europeos juntaron presupuestos con la idea de lanzar un festival que consolidara una idea común de Europa, más de medio siglo después esa idea común ha sido colonizada, en su mayoría, por el público gay. Los guiños este años han sido constantes. Si hablamos de países que no pasaron de la semifinal, el ejemplo más obvio lo encontramos en la drag-queen danesa, demasiado evidente y poco explosiva como para haber arrancado más votos. En la final, en lo que a ellos se refiere, ha habido mucha proliferación de estética metrosexual, tan común entre los que nos movemos en sucedáneos de Chueca y el Soho londinense. Los nash españoles, el maquilladísimo y rasuradísimo cantante biolorruso, ese armenio atractivísimo con aires rudos del Cáucaso, o esa exuberancia del solista griego, tan común en los solistas mediterráneos (qué lástima que Italia no participe...). En lo referente a lo glam, bizarro y demás petardadas, los países no han dudado en hacer una guerrilla semántica de géneros. Ucrania, Suecia y Francia han tenido unas puestas en escena que bien podrían haberlas sacado de The Rocky Horror Picture Show. Pero donde más se nota el gay appeal, a pesar de las actuaciones de muchachitos y muchachones, es en el papel que desempeñan ellas. De hecho, el festival de Eurovisión ha sido ganado en la mayoría de ocasiones por mujeres en solitario. La puesta en escena de las divas eurovisivas debe conmover a la sensibilidad gay, y para ello, se apuesta siempre por una actuación bien desgarradora, o bien de chica mala y agresiva o siniestra. ¿A quién no ha recordado en su atrezzo la cantante de Eslovenia a la Alaska de los electroduendes? ¿O qué gay no siente haber sido alguna vez una colegiala traviesa como las del dúo ruso? A fin de cuentas, para las generaciones que votamos hoy en día ser gay ha supuesto ir contra corriente.

Lo que nunca ningún país había hecho hasta hoy (agradezco correcciones, blogueros) es lo de Serbia. Nunca nadie había apostado por una estética lésbica. Y a tenor de los resultados, ha funcionado a la perfección. Hoy me canso de leer en los diarios que Serbia ha ganado por la coalición de votos entre todos los países balcánicos (no deja de ser verdad). Pero lo que realmente creo que ha influido es el descubrimiento del lado lésbico del festival, tan obiviado hasta el día de ayer. No digo que todas las lesbianas del continente se hayan puesto como locas con sus móviles a votar a Marija Serifrovic y sus aires de camionera fina, ya que esto sólo no es suficiente. Para que una canción gane en Eurovisión necesita de tres cosas: ser diferente de las otras, tener una serie de países afines dispuestos a votarte y movilizar el voto gay. Ayer Marija culminó lo que su país ya intentara hace dos años con una fórmula que iba bien: la balada balcánica. En 2004, el atractivo Goran no pudo con la arrolladora Ruslana y fue segundo. En 2006, Bosnia lo intentó también, pero el año pasado fue el año de lo grotesco, y nadie pudo con Lordi. En 2007, Marija ha conseguido, con la fidelidad a un estilo muy arriesgado, y con el atrevimiento de una puesta en escena decididamente sáfica (esas miradas, esas manos del quinteto corista hacia ella), los votos de la gran mayoría de los euroviseros de todo el continente.

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Fútbol y (homo)sexualidad: recuerdos adolescentes

El fútbol ha formado parte de mi vida. Puedo afirmar que soy uno de los pocos gays a los que les gusta el llamado deporte rey, y es que conozco a pocos maricones a los que les guste o les haya gustado tanto. Cuando era un niño de cuarto de egebé había un aspecto que me separaba del resto de compañeros: ellos hablaban de un juego que yo no entendía. Ese año se celebraba en España un acontecimiento de máxima cobertura mediática: el mundial de fútbol, el cual alimentaba conversaciones de recreo que me perdía por no entender ni siquiera lo que significaba marcar un gol. Yo siempre he sido un niño curioso y todo lo que ha ocurrido a mi alrededor ha suscitado mi curiosidad. De tanto oír en los telediarios, de tantos programas especiales, de tantos partidos amistosos, de tantas conversaciones de mis compañeros de juegos terminé preguntándome que aquello que estaba en el candelero debía de ser algo importante. Y hoy en día todavía lo mantengo, aunque la visión que actualmente tengo del balompié diste de la curiosidad, pasión e incluso obsesión que llegué a sentir en ciertas etapas adolescentes de mi crecimiento. Aún no he hecho un análisis de por qué me llegó a gustar tanto este deporte. Mi madre se escandalizó de que pasase en cuestión de meses de la más absoluta indiferencia a una enardecida atención. El mundial de fútbol de España, la liga 82/83, ganada por el Athletic y perdida por el Real Madrid, la fase de clasificación a la Eurocopa de Francia, copada por el legendario partido contra Malta, tuvieron parte de culpa de que empezase a apasionarme este deporte tan masculinista de masas.

Una de las razones de esa repentina fijación en el fútbol fue que me entró por uno de los canales que más han determinado mi vida intelectual: la lectura. Durante el año 1982 se publicaron centenares de libros sobre los mundiales. Muchos de estos libros los sacaban las marcas patrocinadoras y muchas de ellas dejaban ejemplares de regalo en el bar de mi padre. Esos libros contenían una de las cosas que siempre más han arrastrado mi atención: números y estadísticas y nombres de países. Aún recuerdo cómo me pegué al globo terráqueo que mi padre me compró cuando tenía seis años. Me pegué a él como si fuera una polilla. Con siete años me sabía de memoria todas las capitales europeas y americanas. Las africanas estaban en el hemisferio sur y me costaba más verlas. Ahora tenía en mi poder libros con los nombres de esos países y sus resultados a lo largo de la historia de los mundiales. Enseguida me aprendí todos los campeones, subcampeones, goleadores, sedes, incluso datos aparentemente intrascendentes como los equipos que nunca lograron marcar un gol en una fase final. Pronto comencé a cambiar mis colecciones de álbumes de series de dibujos animados por álbumes de fotos de futbolistas. Ese año Danone publicó un álbum de cromos de la historia de los mundiales y el mundial de España. Seguidamente, y durante varias temporadas, estuve coleccionando cromos sobre la liga española. Así pude admirar uno de los elementos y una de las cosas que más me atrajeron: los futbolistas.

Con diez años, para mí los futbolistas eran personas mayores. Eran tíos que corrían, sudaban y se peleaban llegado el momento. No se me ha olvidado el partido inicial de la Eurocopa de Francia en el que Amorós le dio un cabezazo a un jugador danés. La selección danesa no había disputado el mundial y era la gran sorpresa de la fase final europea. A mí esa selección me atrajo por varias razones: me hacían gracia los nombres, todos terminados en –sen, me gustaba la uniformación entre roja y rosa, y había algo en algunos judadores que no me asustaba. En el mundial de España jugadores germánicos como Rummenigge, Stilike o Schuster me aterrorizaban con sus mostachos vikingos. Los jugadores daneses eran los primeros nórdicos que yo veía en pantalones cortos y sin bigote. Se me antojaban niños como yo, niños con los que a mí me hubiese apetecido jugar, o mejor dicho, hablar después de que ellos hubiesen jugado. Porque mi inclinación por el fútbol siempre ha sido pasiva. Las veces que he intentado jugar siempre he acabado arrepintiéndome haber jugado y prometiendo que esa iba a ser la última vez. Los daneses me inspiraban confianza, y me alegré muchísimo cuando se clasificaron para las semifinales, a pesar de que en ellas se enfrentarían a España, y yo por aquella época creía que España era lo último y lo primero. Cuando Sarabia marcó el gol clasificatorio en los penalties, por supuesto fui uno de los millones de españoles que saltó por lo aires de alegría de que la selección, después del desastre del mundial, alcanzase una final, hasta la fecha la única que le he visto jugar. Sin embargo, sentía pena por los daneses a los que me hubiese gustado haber seguido viendo por televisión. En el mundial de Méjico iba a seguir teniendo ese gusto.

 

 

Fue precisamente durante la fase de clasificación a este mundial cuando me encontré con mi primera epifanía futbolístico-erótica. A España le había tocado un grupo asequible: Escocia, País de Gales o Islandia no debían ser rivales para la consecución de la tan ansiada clasificación al país azteca. Sin embargo, tras ganar 3-0 a los galeses en Sevilla, dicha clasificación empezó a torcerse una aciaga noche en Glasgow. Yo vivía todavía en esa colmena de edificio en el barrio de Santa Bárbara, y desde la tele pequeña de mi habitación fui testigo de una severa y justa derrota ante los escoceses. Dos de los goles rivales fueron obra del baluarte de mis sueños húmedos durante las siguientes semanas. Se apedillaba Jonhson, y con su cabellera rubia peinó dos cabezazos a los que Arconada no pudo llegar en el primer tiempo. En la segundad mitad, en un lance del juego, el pantalón se le fue arriba, dejando visible ante las cámaras y mis ojos un glúteo blanco y marmóreo con el que soñé esa noche haciéndome una de mis primeras pajas. Esa imagen me persiguió durante un tiempo, y durante ese tiempo yo también la perseguí. Cuando años después vi la película de James Ivory Maurice, la imagen del rubio Jonhson todavía estaba ahí, así como su glúteo al que mi imaginación le concedió un lógico gemelo. Desde entonces, he tenido debilidad por los jugadores de fútbol rubios y con buen pandero: Koeman y Maceda, entre otros muchos, fueron otros compañeros de sueños sicalípticos que hicieron del fútbol para mí algo más que un deporte.

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Fin de semana de relax

Se acerca ya el final de curso. Parece mentira cómo pasa el tiempo. No sé por qué me hago esta pregunta, ya que me la vengo haciendo desde hace mucho tiempo. ¿Qué son nueve meses aparte de la gestación de una nueva vida? Año tras año, gestación tras gestación, la experiencia vital se acumula y se convierte en sonrisas que ya, a veces, son arrugas, y por su puesto mucho más. Este año ha sido el año del cyberlove, esta actualización de mediación electrónica del donajuaneo de toda la vida.

Este fin de semana, sin embargo, M y yo nos hemos dado un respiro. Nos hemos venido a Murcia, como solemos hacer cada tres o cuatro semanas, a visitar amigos de toda la vida y familia. Este curso nos hemos acostumbrado a repartir el finde entre Murcia y Águilas. Es más trasiego, pero conseguimos ver a más gente y, así, mantener vínculos personales que nos costaría perder, aunque fuera por unos meses. Es lo bueno que tiene vivir y trabajar en Almansa, lo suficientemente lejos y lo suficientemente cerca. Estamos a una hora y pico de coche de nuestros escenarios de siempre, lo justo para venir cuando queramos, y al mismo tiempo, sentirnos libres de no tener que vivir en los sitios que nos recuerdan lo inmaduros y jóvenes que una vez fuimos. A ninguno de los dos nos gusta vivir donde hemos crecido, y también nos agrada la idea de poder salir pitando una vez concluimos nuestras obligaciones laborales.

El que este finde hayamos decidido no quedarnos está también cargado de una signifiación que hace unos meses o habría tenido sentido. Desde hace un tiempo, M y yo nos permitimos ciertas licencias eróticas más allá de la esperable monogamia de una pareja. Nosotros nunca hemos creído que fuera una buena opción, al menos para nosotros, pero no ha sido hasta este curso cuando hemos puesto en flagrante práctica esta liberalización de los sentidos. Tras dos fines de semana alocados y de gran trasiego erótico, hemos decidido tomarnos un respiro en este. Yo tengo pendientes varias citas, aunque la que más ilusión me hace es la que tendré con el Chico de El Campello. Ayer hablé con él por primera vez con él cuando me encontraba en el cine a punto de ver una peli con M. Le mandé un mensaje para corroborar que cierto número era el suyo. Ante mi sorpresa, me llamó y me sorprendió una voz nueva, con marcado acento valenciano. De ella se desprendían unas ganas de no importunar y de seguir hablando durante más de una hora. Yo me sentí turbado, como cuando hablas con alguien por teléfono por primera vez. Los canales de comunicación oral me han dado siempre más inseguiridad que los escritos, puesto que la exigencia a actuar rápido no siempre la he obedecido bien. Así que no voy a ocultar que me mostré algo nervioso. Siempre he admirado la facilidad con la que otros traban conocimiento de otra gente a través del teléfono. M, por ejemplo, siempre ha mostrado bastante solvencia con quien ha hablado por primera vez. Recuerdo aún la primera vez que me llamó, tras haberle dado yo una perdida un fin de semana en el que me quedé solo y desamparado en Albacete hace ya la friolera de siete años.

En fin, después de marraquech tenemos una semana movidita, entre La Cubana en Elda y Wagner y la Fura dels Baus en Valencia. Espero que entre ambos espectáculos medie Carles, el Chico de El Campello

28.4.07 10:10, comment

BRAND NEW DAY

TODAY IS THE BEGINNING OF A NEW TIME, MAYBE NOT THE BEST OF TIMES, BUT ALSO NOT THE WORST. THE BOY FROM CAMPELLO HAS GIVEN ME A TIP ABOUT HOW TO GO ABOUT BLOGGING AND STUFF AND HERE I AM, TRYING TO SAY SOMETHING WORTHY ABOUT MY LIFE, CIRCUNSTANCE, EXISTANCE AND ANY OTHER ALTERNATIVES THEREOF. FIRST OF ALL, I'D LIKE TO SAY THAT THE REASON WHY I'VE CHOSEN SHAKESPEARE'S OR GARY COOPER'S LANGUAGE TO KICK THIS OFF IS BECAUSE I RECKON I OWE IT TO IT. THIS LANGUAGE HAS GIVEN ME SOME OF THE THINGS I LOVE THE MOST IN MY LIFE: EXPERIENCE, A JOB, A PRESENT, A FUTURE, AND ALSO A PAST WORTH LOOKING BACK TO.

AND NOW SOME WORDS FOR THE BOY FROM CAMPELLO AS PROMISED: HE'S NICE, HE'S GORGEOUS, I'M SURE HE MUST BE RAVING FOR FINDING THAT MY LANGUAGE CHOICE WASN'T WHAT HE EXPECTED... BUT ANYWAY, I GOTTA TELL HIM THAT I'M LOOKING FORWARD TO OUR RENDEZ-VOUS PRETTY SOON. THIS WEEKEND WE HAVEN'T BEEN ABLE TO MAKE IT, BUT I'M SURE SOON IS CLOSER THAN EVER.

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