GRANDES Y PEQUEÑAS PANTALLAS
DE REPENTE... LOS ÚLTIMOS OSCARS
En la obra maestra de John Makievick De Repente el Último Verano asistimos a un brote de violencia inusitado, que vemos cocerse a lo largo de todo el largometraje pero que aún así nos inunda de sorpresa cuando se produce.
Lo mismo ha ocurrido con las últimas cuatro ediciones de los premios de Hollywood si revisamos las cuatro películas que se han alzado con el premio a mejor filme. Es difícil decir cuál de ellas es más violenta o en el cuál la violencia se cuece con mayor calma y eficacia. La apelación a lo sangriento y destructivo es un constructor irrenunciable del cine comercial y, sin embargo, si se sabe hacer bien puede ser un ingrediente inestimable para la configuración de una gran película. En estos cuatro años la veteranía de directores de la talla de Clint Eastwood, Michael Scorssesse (ya era hora que le dieran el Oscar en 2007, aunque fuera a toro salvaje pasado) o los hermanos Coen se han encontrado con un aprendiz como Paul Haggis, que a la vera del propio Eastwood supo sacar de lo violento lecciones de maestría para una irrepetible Crash que dejó a los vaqueros de Brokeback Mountain desmontados.
El reconocimiento durante estos cuatro años al cine violento (de boxeo, de tensiones raciales, de gángsters o de llaneros solitarios sin escrúpulos) nos tiene que hacer reflexionar sobre el tipo de comportamientos humanos que estos subgéneros cinematográficos encierran. Por una parte, la violencia sigue siendo parte inherente al siglo recién estrenado después de que la humanidad cerrara uno de los siglos más sangrientos de la historia. Por otra parte, el uso de subgéneros clásicos como el cine de frontera de los Coen, el cine de boxeo por parte del gran maestro de los western, el de bandas organizadas al más puro estilo ítaloamericano y el de tensiones raciales nos hace pensar en que las formas de filmar esa obsesión humana por la resolución violenta de conflictos sigue siendo la misma que en décadas anteriores. En este sentido, apenas podemos hablar de un verdadero cambio de siglo.Pozos de Ambición y La Guerra de Charlie Wilson: La espina dorsal del imperio

Estos días de asueto santo (no en mi caso, por lo santo) he visto dos películas en la gran pantalla que reflejan las inquietudes del imperio norteamericano a principios y a finales del siglo pasado, que fue en definitiva el siglo en el que la república que Jefferson, Washington y otros más crearon tomó tintes imperiales.
La primera de ellas, There will be blood, más conocida en castellano con el dudoso nombre de Pozos de Ambición, está basada en una novela de uno de los escritores realistas sociales que más reivindicación merece, Upton Sinclair. El título de la novela Oil!, signo de admiración incluido, resume el ansia de petróleo por parte de Daniel Plainview, un llanero solitario que encarna el espíritu pionero y emprendedor que tanto ha hecho por configurar el alma de una nación que, incluso hoy en día, basa su grandeza económica en la dependencia global de esa cruda materia prima. La película ha aburrido a muchos de mis amigos y conocidos. La han tildado de lenta y los más expresivos me han comentado que es un auténtico coñazo, hasta tal extremo que a punto estuve de no ir a verla. Sin embargo, la película me cautivó por varias razones: la austeridad brutal de las escenas en relación con el impactante medio, una fotografía precisa como hacía tiempo que no veía (al día siguiente me enteré que había ganado el Oscar en esta categoría), o una dirección inmejorable en las escenas litúrgicas que te recuerda que sólo el director de Magnolia es capaz de resaltar la angustia y la contradicción de los falsos profetas. There will be blood es una película que será recordada no sólo por la actuación de un a veces sobreactuado Daniel Day Lewis sino por la precisión con la que se refleja el imposible equilibrio entre la ambición ilimitada y la integridad individual.
LA DESESPERACIÓN VICTORIANA DE MUJERES AMERICANAS

Me enganché a la serie Mujeres Deseperadas hará un par de veranos, cuando la primera temporada estaba más que mediada en la Uno. La escena que me metió el aguijón fue cuando la sofisticada y reaganiana Bree Van de Kamp se encontraba al lado del lecho de su marido en el hospital y le preguntó si todavía la quería, a lo cual él respondió que sí. Parecía una escena de reconciliación conyugal de lo más edulcorada cuando de repente Bree irguió la cabeza, dibujó una tenue sonrisa en su rostro que por el contrario ni se inmutó, y le susurró en el oido a su convaleciente marido que se alegraba que aún la siguiese queriendo, porque así se aseguraba de que iba a sufrir lo indecible con el tormento con el que ella a partir de entonces le iba a recompensar sus infidelidades, proceso de divorcio incluido. Hacía tiempo que no contemplaba una escena tan retorcida en la que a la aparente felicidad conyugal se yuxtaponía con crueldad el sadismo de una mujer despechada. En seguida me acordé de mi último curso de carrera y de las mujeres victorianas de las novelas sensacionalistas de los años 60 del siglo XIX. Recordé las a heroínas de autores y autoras como Wilkie Collins o Mary Elizabeth Braddon, mujeres que enfrentadas a las exigencias morales de su época, lejos de plegarse a ellas, optan por una rebeldía activa, hasta el punto de una notoria perversión en las formas y los fondos que utilizan para intentar sobrevivir.
La América suburbana de Westiria Lane tiene muchas cosas en común con la Inglaterra Victoriana del siglo XIX. En ambos casos, se trata de sociedades imperiales con rígidos códigos morales, a los cuales no siempre es fácil plegarse. En su concreción ficcional, tanto en un caso como en otro, se recurre a elementos oscuros para vehiculizar la perversión de los personajes que por sus características personales son incapaces de responder a las exigencias de dicho código. La sociedad victoriana apelaba a la sumisión y al puritanismo como valores irrenunciables en una mujer. La América contemporánea vela, de una manera igualmente escrupulosa, por el comportamiento sexual de sus ciudadanos. Hay conductas que son del todo inaceptables, sobre todo una de ellas: el adulterio, que es precisamente uno de los hilos conductores de los guiones de la serie. Sin el adulterio la relación entre Gabrielle y Carlos no tendría sentido, como tampoco la tendría la separación indefinida de Susan de su primer marido, la vengatividad calculada de Bree hacia todos los hombres que la rodean o la insaciabilidad de Edie hacia otros hombres. Tampoco tendría sentido los celos incesantes de Linette hacia Tom, aparentemente la pareja más sólida de todas las que pueblan el barrio residencial, pero plagada de forma constante por la manía enfermiza que Linette tiene sobre cuál debe ser la conducta sexual entre ella y su marido.